Desde pequeño me gustan los documentales sobre animales.
Cuando llegaban las vacaciones, siempre al medio día, dejaba de jugar en la calle para ver los documentales que pasaban en la televisión. Me perdía durante una hora en las vidas de éstos mientras tomaba un vaso con leche.
Habré tenido para entonces nueve o diez años.
No recuerdo con exactitud.
Soñaba con volar, con vivir debajo del agua, con cazar sin necesidad de disparar una flecha. Imaginaba con ser libre y correr por donde me diera la gana sin arriesgarme a un regaño cuando regresara a casa con los zapatos llenos de lodo.
Siempre he admirado a los animales.
Creo que son mucho más honestos que nosotros.
Los episodios de aves eran un poco aburridos, los ojos de los pájaros no revelan mucho, pero hubo uno que siempre me hizo gracia.
Un pájaro negro se apropiaba del nido de otra especie, tiraba los huevos al vacío y luego ponía los propios. El dueño del nido regresaba y los empollaba hasta término. ¡La expresión de sorpresa cuando le salían polluelos negros no tenía precio!
La memoria del ave es corta. Los humanos pasamos el resto de nuestras vidas llorando por una traición.
Punto para las aves.
Me encantaban los documentales sobre leones y guepardos: la ferocidad de unos, la velocidad de los otros; y los dientes filosos de ambos. Siempre me provocó un poco de ternura ver que cómo, con los mismos dientes que habían destrozado a una gacela minutos antes, lograban cargar a sus cachorros sin provocarles el menor daño.
Un día, después de estar sentado viendo la tele, llegué con mi mamá a contarle sobre lo triste que era la vida de los salmones. Morían después de desovar. Luego de nadar durante semanas contra la corriente, los que llegaban vivos, los que no habían servido de alimento para osos, desovaban y morían. Nunca conocerían a sus hijos.
No podía imaginar vivir sin mis padres.
Estaba triste.
Cuando intenté contarle la historia a mi madre me dijo que estaba ocupada haciendo el almuerzo, que habláramos más tarde. En la noche seguía triste y quise contársela de nuevo.
Estaban pasando una película en la única televisión que teníamos.
Mi relato tuvo que esperar.
Siendo sincero, ni siquiera era tan buena mi historia. Yo solo quería decirle a mi madre que pobres los salmones cuando nacían; porque ellos no tendrían unos padres que estuvieran siempre ahí; cerca, para cada vez que los necesitaran.
Al día siguiente algo más habrá llamado mi atención, y lo olvidé.
Nunca le conté mi historia sobre los salmones.
Pasaron los años. Mis padres se divorciaron.
Salió de nuevo un documental de salmones. Otra vez lo vi.

Para entonces ya rascaba los quince o dieciséis años, y acababa de llegar a la oficina de mi padre. Él me hacia tanta falta que todas las tardes lo visitaba. Quería contarle la historia de los salmones, pero ya no como aquel niño que solo estaba triste porque no sabía qué iba a hacer el bebé salmón cuando saliera del huevo y no estuvieran sus papás. No, ésta vez era otro tipo de inocencia, una ingenuidad que me permitía humanizar al salmón hijo y al salmón padre que no estaría para guiarlo durante una buena parte de su vida.
Él —mi padre— estaba ocupado, irritado, emproblemado.
Así estuvo desde que se fue de casa hasta que salió del país.
Apenas había empezado a hablar, cuando levantó su mano para que me detuviera, me vio como si de mi boca brotaran idioteces, y me dijo: “Dime en pocas palabras lo que tengas que decir.»
Me levanté de la silla, me acerqué y en voz baja le dije: «Los padres deberían ser como los salmones. Morir después de desovar. Talvez así, muertos, los extrañaríamos; porque vivos nunca están cuando los necesitamos. Duele tenerlos tan cerca y extrañarlos igual.»
Nunca más regresé a esa oficina.
Ahora, que no está cerca, me hace mucha falta.
Del Blog Viviendo como Sísifo – 04.agosto.2012
http://marioquan.blogspot.com/2012/08/de-padres-y-salmones.html